07 abril, 2013

Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia



Y se acercó el viajero

-¿De qué habláis?
Extrañeza y silencio.
-¿No sabéis el suceso?...

-¿Y vosotros no sabíais que el Mesías... ?

Y voló el viento.
Y se hizo el silencio...

Y la Palabra,
catarata de cristales,
de música y colores,
arrobaba...
Se ahogaban las penas,
se empapaba el alma ...
¡Cómo ardía el corazón
al aire de la Palabra!

Al caer de la tarde,
el viajero proseguía...
-¡Quédate con nosotros,
comparte techo y comida!

¡Y le reconocieron 
al partir el pan!

Y se abrieron los ojos
y se cerró la herida
y brotó la esperanza
y estalló la alegría

Fray Alfredo Arce Medina.

29 marzo, 2013

Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo.

Salmo de la Noche

Aún tenía en los labios el sabor de la copa, y el aliento llevaba el olor del pan fresco.
Aún se oía la voz de la llamada a la amistad y tus manos estaban aún mojadas del agua del caldero.
Aún sentías el calor del amigo que se acercaba descansando su dolor y pena sobre tu pecho.
Aún llevaban tus oídos el ruido del portazo que Judas, el traidor, dio con rabia y despecho.
Aún sonaban los salmos junto a la mesa sin recoger y la última vela poco a poco se consumía en su fuego.
Era la noche. La noche del pan partido y la copa pasada de mano en mano, de boca en boca, en signo de un recuerdo.
Era la noche de la traición. Era la noche, tu noche obscura, sin luna, sin estrella. Noche en tu huerto.
Era la noche de sentirte solo en soledad y angustia. Solo ante Dios y el hombre como si fuera un reto.
Era la noche larga como un túnel sin salida, la noche, como aquella, aún más noche, de la salida del pueblo.
Era la noche de tu negra noche de abandono y tristeza al sentirte solo, solo en soledad sin apoyos, sin atuendos.
Era la noche de quedarse lejos, sin los tuyos, orando al Padre, sin perder la vista a ellos.
Era la noche, Señor del alba, Señor del hombre, donde tu rostro humano sintió la frialdad del suelo.
Señor Jesús, yo creo en ti, doliente hasta la muerte, en lucha con el trago, en lucha abierta hasta beberlo.
Yo creo en ti, sudando sangre y muerto de tristeza, temblando el corazón y lleno de dolor y miedo.
Yo creo en ti, varón de dolores, hombre entre los hombres, luchando con la muerte, porque tú eres vida en sendero para entregarla a los hombres que caminan solitarios sin saber por qué, ni para qué, ni a dónde. Solos sin remedio.
Yo creo en ti, abierto tu corazón al Padre, hecho grito pidiendo que el imposible se haga posible, se haga cierto.
Yo creo en tu corazón abierto a la voluntad del Padre, porque en tu vida su plan sobre ti es tu proyecto.
Yo creo en ti en lucha con la muerte, la condena, porque eres fiel en obediencia, como un manso cordero.
Yo creo en ti, corazón dolorido por el amor al hombre, porque tú has abierto la a puertas de tu casa al mundo entero.
Señor Jesús, quiero hacer silencio ante tu llanto y grito.
Quiero hacer silencio ante el cansancio de tu silencio.
Quiero acercarme a ti y palpar tu cuerpo dolorido.
Quiero ponerme a tu lado y hacer oración en tu misterio.
Quiero decir contigo: Si es posible Padre, si es posible, que pase este trago, que sabe a hiel y es duro y seco.
Quiero decir contigo: Padre, que se haga tu voluntad, y no la mía. Porque tú eres, Padre, primero.
Señor Jesús, enséñame a orar la vida, orar la sangre, orar la crisis, orar en la tentación, orar que es riesgo querer beber el cáliz amargo, cuando uno solo, sin fuerzas, sin luz, sin nadie, en noche, quiere beberlo.
Señor Jesús, Señor de la noche eterna y salvadora, Señor obediente hasta la muerte, con amor sincero.
Tú eres Señor del alba, Señor de la mañana, danos tu luz cuando la noche nos vuelve ciegos.
Emilio Mazariegos

03 marzo, 2013

El Señor es compasivo y misericordioso


LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 13, 1-9
En una ocasión se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús le contestó:
— ¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no. Y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.
Y les dijo esta parábola:
—Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?” Pero el viñador contestó: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas”.
Palabra del Señor

Las lecturas de este domingo III de cuaresma remarcan cosas que el cristiano, ya sabe. La primera lectura nos recuerda que nuestro Dios, el Dios al que adoramos, no es un Dios ajeno a los problemas del hombre. Es un Dios cercano, capaz de habitar en medio de su pueblo, como cuando los guía en la nube atravesando el desierto, o en el mismo desierto les envía el maná para que coman. En la segunda lectura, San Pablo nos exhorta a no confiarnos y a seguir luchando con todas nuestras fuerzas, sus palabras siguen teniendo eco en nosotros, no basta con estar bautizados, con haber recibido al Señor sacramentado, es imprescindible, seguir luchando, para alcanzar la gloria. 
Señor Jesús, aunque los hechos apunten a que sería mejor cortar mi vida, ya ves, apenas doy frutos y ocupo un espacio importante, ten paciencia conmigo. Gracias por tus atenciones, por aquellos pequeños gestos que denotan tu deferencia para conmigo. Gracias de un modo especial por el sacramento de la reconciliación, en él descubro cada día que, de verdad, eres compasivo y misericordioso. Ayúdame Señor bueno, a estar siempre alerta, siempre atento a tu voz, que me indica el camino que han de recorrer mis pasos.

13 febrero, 2013

Convertíos y creed el Evangelio.


LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 6, 1-6.16- 18
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles con el fin de ser honrados por los hombres; os aseguro que ya han recibido su paga.
Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará. Cuando recéis no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas para que los vea la gente. Os aseguro que ya han recibido su paga.
Cuando tú vayas a rezar entra en tu cuarto, cierra la puerta y reza a tu Padre, que está en lo escondido, y tu padre, que ven en lo escondido, te lo pagará. Cuando ayunéis no andéis cabizbajos, como los farsantes que desfiguran su cara para hacer ver a la gente que ayunan. Os aseguro que ya han recibido su paga, Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará.
Palabra del Señor.

"Ahora -oráculo del Señor- convertíos a mí de todo corazón: con ayuno, con llanto, con luto. Rasgad los corazones no las vestiduras: convertíos al Señor Dios vuestro; porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad, y se arrepiente de las amenazas" Con estas palabras comienza la primera lectura del miércoles de ceniza. Aun resuenan en nuestros oídos estas palabras cuando el sacerdote al imponer la ceniza en nuestra cabeza nos insiste en la conversión. Es la cuaresma un tiempo fuerte que invita a la conversión. A una conversión sincera: convertíos a mí de todo corazón, no con los labios, sino con el corazón. Convertirse significa cambiar nuestra vida, re-orientarla hacia Dios. No es cómoda la conversión, significa reconocer que hay cosas que podemos mejorar, significa cambiar nuestra rutina, salir de nuestros pecadillos, abandonar nuestra posición cómoda para adaptar nuestra vida al evangelio. Eso, al fin y al cabo, es lo que hoy resuena en la liturgia. Mañana, como cada jueves, al contemplar los misterios luminosos del Santo Rosario, volverá a aparecer la necesidad de la conversión. De la mano de María intentemos convertirnos en estos días. Salir de nuestra comodidad y vestir, otra vez, de saco el corazón. La alegría que inundará nuestra vida será, que duda cabe, la mejor brújula para saber si estamos en el camino correcto. 

10 febrero, 2013

Aquí estoy, mándame


LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 5, 1-11

En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret; y vio dos barcas que estaban junto a la orilla: los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que le apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón:
- Rema mar adentro y echad las redes para pescar. 
Simón contestó:
- Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.
Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces grande, que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús diciendo:
- Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.
Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo pasaba a Santiago y Juan, hijos del Zebedeo, que eran compañeros de Simón:
- No temas: desde ahora, serás pescador de hombres
Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

Palabra del Señor

Las situaciones que nos presenta la liturgia en este V domingo del Tiempo Ordinario nos deben resultar familiares: en todas ellas se nos presenta la llamada de Dios y se nos muestra la respuesta del llamado, del elegido. Empezamos con Isaías, y nos encontramos con una respuesta que nos resulta familiar, el Señor nos llama y nos excusamos diciendo que somos impuros, que no somos dignos... A Pablo, el Señor se le aparece y lo llama a dar testimonio. El mismo Jesús a quien Pablo persigue se convertirá en su referencia de vida. Por último aparece la llamada a Pedro: No temas: desde ahora, serás pescador de hombres.
Señor Jesús, te ofrezco en este día mi trabajo de esta noche baldío, mis redes vacías, dame Señor el asombro de Pedro y su sencillez para reconocer que no merezco tu compañía porque no soy más que un pecador. Dame también Señor la generosidad necesaria para varar mis barcas en tierra, sugerirte que me mandes, que aquí estoy y siguiéndote comenzar a ser pescador de hombres.

03 febrero, 2013

Ningún profeta es bien mirado en su tierra


 LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 4, 21-30
En aquel tiempo, comenzó Jesús a decir en la sinagoga:
- Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír:
Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios. Y se decían:
- ¿No es este el hijo de José?
Y Jesús les dijo:
- Sin duda me recitareis aquel refrán: “Médico, cúrate ti mismo”: haz también aquí en tu tierra lo que has hecho en Cafarnaún.
Y añadió:
- Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempo de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del Profeta Elíseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado más que Naamán, el sirio.
Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba.
Palabra del Señor


No nos es ajeno el relato del evangelio de hoy. En él observamos lo que sucede también hoy día y ha sucedido siempre: que por más que sepamos que Jesucristo merece un reconocimiento de fe, tendemos a rebajarlo a nuestra condición. Por una parte no nos cansamos de afirmar nuestra fe "en un sólo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios, ... Dios de Dios, Luz de Luz, Dios Verdadero de Dios Verdadero" así les pasó a aquellos paisanos de Jesus, admiraban aquellas palabras de gracia que salían de su boca. 
Al mismo tiempo esperamos un milagro, un prodigio que nos llene de orgullo, le pedimos pruebas, mientras no dejamos de afirmar que es Dios, que somos cristianos y que creemos que su doctrina salva al mundo. Nos comportamos a veces como si el Señor tuviera que demostrarnos, más aún, con algún otro hecho extraordinario su divinidad. No terminamos de decidirnos por lo que creemos que con seguridad le agrada, sólo porque no es patente en cada caso. ¿Pero acaso es patente la fe?
"Señor, ¡auméntanos la fe!", le pedimos. "Que no queramos entretenernos –que es perder el tiempo– esperando más manifestaciones de tu grandeza, mientras podemos atender tus palabras y ponerlas por obra. Que sea tu palabra –Señor– un motor irresistible que impulse nuestra vida por los caminos que nos has trazado".
Con frecuencia nos dejamos mover los hombres por los estímulos que producen los resultados inmediatos y visibles. Quizá esperamos una eficacia a corto plazo y constatable, y casi nada más. Así se comportan de hecho bastantes en nuestro tiempo, olvidando que, si somos cristianos, como afirma san Pablo, es preciso buscar las cosas que son de arriba, no las de la tierra. Con este consejo, el Apóstol no hace sino animarnos a una vida de fe en la divinidad de Jesucristo que, en su momento supremo, declaró con rotundidad: mi Reino no es de este mundo. ¿Cuál es nuestro objetivo, concluir finalmente ese proyecto que nos ilusiona, vernos libres de cierto problema agobiante, sentirnos mejor: más cómodos, más seguros, disfrutar más? Pero Jesús nos invita de continuo a mirar hacia lo alto, por encima de esos afanes solamente nuestros. De mil modos recuerda que tenemos un lugar en el corazón de la Trinidad: mis delicias están con los hijos de los hombres, había declarado Dios por el libro de los Proverbios. ¿Permaneceremos indiferentes ante lo sobrenatural, metidos todavía sólo en nuestros afanes pequeños?
Los acontecimientos que sucedieron a las palabras de Jesús que hoy consideramos, pusieron de manifiesto su verdad. Realmente Cristo no triunfó a los ojos de los poderosos de su tiempo. No recogió, por así decir, el éxito de toda una vida en favor de los hombres. Fue sólo después de la Resurrección cuando su victoria se hizo patente, y tampoco entonces para la mayoría. Verdaderamente se trata del Reino de los Cielos. La Esperanza cristiana no es una esperanza actual, que sería siempre momentánea por mucho que durara ese momento. El hijo de Dios, que cada uno somos, mira a su Padre que vive y reina por los siglos de los siglos. Vivimos, pues, de una esperanza que se apoya en la fe y mira a la eternidad.
Todo lo que no es eternidad recuperada es tiempo perdido. Así se expresaba un autor moderno, significando que lo propio del ser humano no es vivir sólo para el momento presente, ni para un futuro más o menos próximo en el tiempo: el encuentro definitivo y para siempre de cada uno es con Dios. El hombre ha sido pensado y creado por Dios para una existencia al modo de la suya. De mil formas lo advirtió Jesús: Tanto amó Dios al mundo, afirmó, por ejemplo, que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Y por esa vida eterna le preguntaban los que querían alcanzar la perfección: Maestro bueno, ¿qué he de hacer para conseguir la vida eterna?, le dijo el joven rico.
También en estos tiempos, a despecho de los que niegan a Dios, la tierra está muy cerca del Cielo. Así es, como afirma san Josemaría. Dios y su eternidad feliz se encuentra permanentemente a nuestro alcance. Por eso, insiste:
Ponte en coloquio con Santa María, y confíale: ¡oh, Señora!, para vivir el ideal que Dios ha metido en mi corazón, necesito volar... muy alto, ¡muy alto!
No basta despegarte, con la ayuda divina, de las cosas de este mundo, sabiendo que son tierra. Más incluso: aunque el universo entero lo coloques en un montón bajo tus pies, para estar más cerca del Cielo..., ¡no basta!
Necesitas volar, sin apoyarte en nada de aquí, pendiente de la voz y del soplo del Espíritu. —Pero, me dices, ¡mis alas están manchadas!: barro de años, sucio, pegadizo...
Y te he insistido: acude a la Virgen. Señora –repíteselo–: ¡que apenas logro remontar el vuelo!, ¡que la tierra me atrae como un imán maldito! —Señora, Tú puedes hacer que mi alma se lance al vuelo definitivo y glorioso, que tiene su fin en el Corazón de Dios.
-Confía, que Ella te escucha.
Tomado de Fluvium

13 enero, 2013

La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará


LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 
(Lucas 3, 15-16, 21-22)
En aquel tiempo el pueblo estaba en expectación y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías: él tomó la palabra y dijo a todos:
- Yo os bautizo con agua, pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.
En un bautismo general Jesús también se bautizó. Y mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre Él en forma de paloma, y vino una voz del cielo:
-Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto
Palabra del Señor

Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones: No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará. 
Mirad a mi siervo, pero prestad atención, porque corréis el riesgo de no daros cuenta de su presencia. Es un siervo discreto que no grita, ni clama, ni vocea por las calles. Es un siervo que pasa desapercibido ¿Te acuerdas de Él hace una semana? "Un niño acostado en el pesebre". Es un siervo pacífico incapaz de quebrar la caña cascada, incapaz de apagar el pábilo vacilante, incapaz de maltratar al pobre y al desvalido. Señor, enséñame a mirarte, enséñame a reconocerte en tantas y tantas personas que cada día me hablan de Ti. Estoy deseando Señor, ser bautizado con Espíritu Santo y Fuego. Espíritu Santo que me ayude cada día a acercarme más a Ti, y fuego que queme esta vida llena de vacíos y dudas; que disipe la oscuridad que se cierne sobre mí y me prepare para acogerte a Ti, el Hijo, el Amado, el Predilecto....